[Capítulo Anterior] [Lista de Contenido] [Siguiente Capítulo]
Traductor: Radak
Corrector: Radak
INTERLUDIO
Antes de continuar con la historia, retrocedamos un poco en el tiempo.
Dos hermosas chicas estaban sentadas en una cala situada un poco al sur del muelle atacado por la súper bestia marina. Ambas lucían melenas deslumbrantes, que fácilmente podrían confundirse con hilos de oro puro, y las peinaban con serenidad. Su imagen habría sido pintoresca y reconfortante para cualquier mirada cansada que tuviera la suerte de verlas en ese momento... De no ser porque estaban sentadas sobre el cuerpo de la súper bestia marina que hacía apenas unos instantes había arrasado la costa del pueblo.
—Fufufu~~ Como era de esperar de la flota de Argo. Llegar hasta aquí les ha llevado aún más tiempo del previsto, tía Leticia.
—Sin duda alguna, Lamia.
Una joven rubia de ojos rojos que brillaban como gemas reía suavemente, mientras que la otra, llamada Leticia, se cruzaba de brazos con expresión perpleja. Ambas observaban los restos de la flota destruida de Argo mientras se abrían paso por la cala. Bastaría con mirarlas de cerca para reconocer a cualquiera.
Cabello rubio que brillaba como hebras de oro iluminadas por la luz del sol matutino, y ojos rojos que parecían los rubíes más preciosos del mundo, fundidos con sangre derretida. No cabía duda: ambos eran vampiros de sangre pura. Además, Leticia llevaba tatuada en la espalda la imagen de un dragón, un símbolo exclusivo de la realeza vampírica. Al contemplarla, que resplandecía como la luz del sol, la compañera de Leticia rio con voz melodiosa.
La vampira más joven, la elegante llamada Lamia, observó la escena que tenía ante sí con gran curiosidad y entretenimiento reflejados en su rostro, mientras que Leticia, que emanaba un aura de belleza y soledad, parecía estar sufriendo agonía y angustia.
Era evidente que esas dos bellezas desentonaban por completo en un lugar como ese. Sin embargo, nadie que las viera ahora se atrevería a sospechar que esos seres tan bellos eran los responsables de orquestar la tragedia que había asolado a la flota de Argo.
Los vampiros que habitan el Pequeño Jardín son los guardianes de su ley y orden, conocidos como “Caballeros del Jardín”. Normalmente, tendrían que tener cuidado con el sol que brilla allí, limitando sus actividades únicamente a las horas nocturnas, pero gracias a la existencia de una barrera especial que se extiende por todo el Pequeño Jardín, ya no tienen que preocuparse por la influencia nociva de la luz solar.
A cambio de protección contra su mayor debilidad, los vampiros aceptaron convertirse en guardianes del orden del Pequeño Jardín, y así se formaron los “Caballeros del Jardín”. Además, debido a la barrera anti-luz solar, era prácticamente imposible distinguir a un vampiro de cualquier otro humano normal; incluso mirándolo fijamente, no se podía saber que no era humano.
Y ahora, dos de esos demonios chupasangre contemplaban los restos humeantes de la flota de “El Argonauta”. Pero mientras observaban pasar ante ellos los barcos destrozados de la flota de Argo, una voz las llamó de repente.
—Qué inesperado. ¿Traicionaste a la Comunidad, Leticia?
Al oír que la llamaban por su nombre con voz lastimera y llena de dolor, Leticia alzó el rostro e inclinó la cabeza con asombro. Al principio solo oyeron el sonido de pasos que se acercaban desde los acantilados costeros, pero poco después, la figura de un guerrero de aspecto robusto apareció ante ellos. Aquel hombre tenía el cabello rubio, tan largo que le llegaba hasta el suelo, lo que le daba la apariencia de un león.
Al oír que la llamaban por su nombre de repente, el hermoso rostro de Leticia se distorsionó mientras miraba fijamente al hombre. Solo con esa expresión, Lamia supuso que Leticia no quería encontrarse con él. Al menos, ella misma estaba segura de no haber visto jamás a un hombre así, por lo que sus labios se curvaron en una mueca de disgusto mientras preguntaba:
—Tía Leticia, ¿quién es este hombre? ¿Lo conoces?
—Sí, lo conozco. Es un viejo conocido mío.
—¿Es así? ¿Un viejo conocido, dice? Muy bien, matémoslo entonces.
Dijo mientras se rascaba la cabeza con sus uñas. Al hacerlo, su cabello en forma de abanico brilló intensamente y generó tantas grietas y sacudidas en la atmósfera a su alrededor como cabellos tenía Lamia en la cabeza. Eran tan poderosos que incluso los elementos reforzados con adamantio de las cubiertas de los barcos de la flota de Argo entre los restos flotantes se desgarraban fácilmente al entrar en contacto con ellos... Era un ataque con varias cuchillas invisibles que literalmente no le daba a quien tuviera la mala suerte de encontrarse en su extremo ninguna oportunidad de esquivarlo... Pero incluso ante algo así, el hombre simplemente se quedó allí, sin intención de moverse ni un centímetro.
—......... Mu.
Lamia se sintió muy disgustada al ver que su ataque no le había hecho nada al hombre, a pesar de que la zona a su alrededor estaba cubierta de grietas y cortes profundos. Cómo había podido hacer eso sin moverse era algo que escapaba a su comprensión, pero estaba decidida a no quedarse de brazos cruzados, así que se preparó para lanzar otro ataque. Sin embargo, Leticia la detuvo antes de que pudiera volver a atacarlo.
—Es inútil, Lamia. Ningún ataque a medias funcionará contra ese hombre.
—¿Hmm? Bueno, está bien... Pero, ¿por qué? ¿Este hombre es un espíritu o algo así?
—No es exactamente un espíritu, pero me atrevería a decir que es algo igual de problemático, si no más. Aunque no es un dios en el sentido estricto, es aclamado como el héroe más poderoso de la mitología griega. Estoy segura de que has oído su nombre y lo conoces muy bien. Hércules, un semidiós nacido de la unión de una mujer mortal y Zeus, el Rey de los Dioses del Monte Olimpo.
Al oír el nombre del guerrero, Lamia lo miró, luego a Leticia y después de nuevo a Hércules.
—¿Hércules? ¿Como el organizador de la Segunda Guerra por la Autoridad del Sol y el que triunfó sobre los Doce Trabajos? ¿El más fuerte de los semidioses griegos y el héroe de la misma guerra distópica en la que luchó usted, Tía Leticia?
—“El Mundo Cerrado” Distopía... No hay una sola alma en el Pequeño Jardín que no conozca ese nombre. Fue uno de los Señores Demonio más poderosos que jamás haya aparecido en el Pequeño Jardín, como lo demuestra el título que se le otorgó, el cual lo colocó en un pedestal junto con otros Señores Demonio como “El Diablo del Lejano Oeste”, el “Observador Final de la Humanidad” y el “Devorador de Dioses”.
Hace muchísimo tiempo, en un pasado lejano, cuando el Pequeño Jardín aún no estaba dividido en Norte, Este, Oeste y Sur, ese Señor Demonio quiso gobernar tanto el Pequeño Jardín como el Mundo Exterior, poniendo a los habitantes de ambos lugares en una situación muy difícil. Como resultado, se dice que no solo los dioses, sino también muchos héroes míticos como Orfeo el Argonauta Poeta, Scathach la Reina de la Tierra de las Sombras, el Emperador de Jade, el Rey Artorio y muchos más participaron en la batalla destinada a apaciguarlo, la cual terminó dividiendo todo el Pequeño Jardín. Pero como Hércules no estaba entre esos héroes, simplemente negó con la cabeza.
—Si ese es uno de los logros que se me atribuyen, me temo que o bien has oído mal o alguien está difundiendo información errónea a propósito. Verás, yo no participé en la Guerra Distópica. Como uno de los predecesores de todos los héroes que vinieron después de mí, sentí que sería más apropiado que yo comenzara a sembrar las semillas de las nuevas posibilidades... Pero eso es solo una excusa. La verdad es que una reliquia del pasado como yo no tenía ninguna posibilidad de derrotar una de las "Pruebas Finales de la Humanidad", así que no había razón para que me uniera a esa lucha en primer lugar.
—...... ¿¿¿???
La expresión en el rostro de Lamia indicaba que intentaba comprender qué sentido tenía aquello, pero no lo logró, así que simplemente ladeó la cabeza con confusión. Cuando Hércules mencionó la Guerra Distópica, Leticia cerró los ojos debido a la avalancha de recuerdos relacionados con ella, pero como Lamia era demasiado joven para haber experimentado el horror de la Guerra Distópica en carne propia, por supuesto que no sabría de qué hablaba Hércules. Cuando el hombre miró a Lamia, la expresión triste en sus ojos se suavizó bastante mientras giraba hacia Leticia y preguntaba:
—Más importante aún, Leticia. ¿Esa chica es...?
—Sí. Esta chica de aquí es Lamia. Es la hija de mi hermana menor.
—Ya veo. Permíteme felicitarte como amigo. Finalmente lograste cumplir uno de tus mayores deseos, así que siéntete orgullosa de ti misma, camarada, porque también lograste salvar una vida y cumplir su deseo.
La suave sonrisa, que no le pegaba en absoluto a su cuerpo gigante y musculoso, tomó a Leticia completamente desprevenida. Pero su asombro duró poco, y cuando finalmente se recuperó, rio con cierta amargura, contagiada por el ambiente melancólico que lo inundaba, lo que la llevó a responderle en tono burlón:
—Aún no los he salvado pero, aun así, acepto tus felicitaciones. Permíteme decirte esto: sigues siendo tan "a tu ritmo" como siempre, Hércules.
—......... ¿? ¿Tú crees? Y yo que pensaba que por fin había logrado mejorar ese aspecto de mi personalidad después de todos estos años.
—Sí. Pero discúlpeme, pues no estoy segura de qué más decir en ocasiones como esta, sobre todo porque estoy más acostumbrada a que la gente intente insultarme que a que me felicite por algo.
Hércules ladeó la cabeza con expresión curiosa ante las palabras de Leticia. Ese gesto y el brillo ingenuo e inquisitivo en sus ojos parecían indicar que sus palabras y acciones no tenían otro significado oculto que el de felicitar sinceramente a Leticia. Tal como ella había dicho, él realmente se lo tomaba todo con calma, hasta un punto casi inquietante.
Sintiendo que estaba a punto de quedar completamente fuera de la conversación, Lamia recobró la compostura después de que el asombro inicial por haber conocido a Hércules finalmente se desvaneció, e interrumpió la conversación que estos dos estaban teniendo.
—B-Bueno, me alegra que se lleven tan bien... ¡Pero lo más importante! Que nos hayamos topado con uno de los candidatos a la victoria de la Segunda Guerra por la Autoridad del Sol sin tener que luchar contra él es una suerte, aunque haya sido por un error de cálculo. James me contó que el héroe Hércules supuestamente desapareció tras el desmantelamiento de la Comunidad de Arcadia, ¡pero comprobar de primera mano que no es cierto es un recuerdo que hace que haya valido la pena venir aquí!
Sin embargo, Hércules miró a la chica vampiro con una mezcla de asombro e ira en los ojos. No porque le enfadara que hubieran destruido la flota de Argo. La fuente de su aparente ira era esa chica vampiro de cabello dorado que tuvo la audacia de pronunciar el nombre original de la actual Comunidad “No Name”, y además, lo hizo con tanta naturalidad... Al estar allí y escuchar ese insulto con sus propios oídos, el cuerpo de Hércules reaccionó instintivamente de la única manera posible: inflándose y llenándose de ira.
—Lamento lo que estoy a punto de hacer, pero has cruzado la línea, vampira. Los únicos que tienen derecho a pronunciar el nombre de esa Comunidad son aquellos que pertenecieron a ella. Y como tú no eres uno de sus miembros, solo puede significar una cosa.
La Comunidad “Arcadia”, o la Gran Federación de Arcadia, como la llamaban algunos, fue una de las mayores federaciones que existieron en el Pequeño Jardín. Formada con el propósito de derrotar al Señor Demonio Distopía, esta gran federación fue atacada por un misterioso Señor Demonio y se vio obligada a disolverse, continuando bajo el nuevo nombre de Comunidad “No Name”. Aunque lograron recuperar su bandera y fama perdidas en la batalla contra el “Mal Absoluto” Azi Dahaka hace tres años, los miembros actuales de “No Name” aún no han recuperado el verdadero nombre de su Comunidad.
Aunque Hércules no había mostrado ningún signo de hostilidad hasta ese momento, en ese instante su espíritu de lucha aumentaba con una rapidez increíble mientras seguía mirando fijamente a Lamia con evidentes intenciones hostiles.
—Solo te lo preguntaré una vez, niña. ¡¿Tienes el nombre de la Gran Federación?!
—Bueno, la verdad es que no lo sé. Quizás sí, quizás no. En cualquier caso, esa información no le servirá de nada a alguien que va a ser enterrado a dos metros bajo tierra.
Lamia también se preparaba para la batalla mientras una sonrisa maliciosa se dibujaba en su rostro y comenzaba a cubrirse con sombras. El Tren Gigante Espiritual aún no había llegado al Continente Perdido de la Atlántida, lo que significaba que no habría nadie que los detuviera si intentaban matarse ahora. Si Hércules quería extraer alguna información que esta chica pudiera tener sobre el nombre de Arcadia o su paradero, este era el único momento para obtenerla, incluso si tuviera que hacerlo por la fuerza, y todo parecía indicar que la solución violenta era la única opción que les quedaba, ya que ninguna de las partes parecía dispuesta a resolver el conflicto mediante el diálogo.
—Desde aquel fatídico día en que la Gran Federación fue derrotada y obligada a convertirse en "No Name", una comunidad sin nombre despojada de todo lo que una vez amó... Desde aquel día, he estado buscando pistas sobre lo que sucedió entonces a petición de "El Señor Demonio de la Noche Blanca", porque ella y yo compartíamos una convicción: que no había manera de que nuestra discípula, no... No había absolutamente ninguna manera de que nuestra hija Canaria hubiera sido derrotada por algún Señor Demonio desconocido.
El Señor Demonio Distopía era sin duda uno de los Señores Demonio más poderosos de su época, y aun así, el poder combinado de los miembros de la Comunidad original “No Name” fue suficiente para derrocarlo. Entre sus filas se encontraban muchas personas famosas y poderosas, como uno de los poetas más célebres del mundo, la creadora de Juegos más poderosa, la propia Canaria, y muchas, muchísimas más personas cuyas hazañas heroicas podrían avergonzar fácilmente a otras Comunidades. Y sin embargo… Todo terminó en una sola noche. Todo lo que habían construido, todo lo que habían logrado… Una sola noche bastó para que sus logros desaparecieran sin dejar rastro, al igual que la propia Comunidad.
—He buscado por todas partes e investigado cada pista posible, por insignificante que parezca: Laplace, Registros Akáshicos, incluso el Informe de Desastre… Lo revisé todo, pero aun así, después de examinar todos esos registros, seguía sin estar claro qué ocurrió exactamente aquella noche. Pero finalmente, tras años de búsqueda, los encontré y los atrapé por el rabo… La Alianza de Señores Demonio “Uroboros”.
—Vaya, vaya, parece que has dado un rodeo considerable para llegar a esa conclusión. ¿Qué sugieres? ¿Que el predecesor de “Uroboros” ya estaba activo hace tres años en las capas inferiores del Pequeño Jardín? ¿Es eso?
Lamia se pasó la mano por el pelo con un gesto elegante y sonrió con confianza.
El incidente del ataque al Maestro de Piso del Lado Norte hace tres años. Es bien sabido que los responsables de lo ocurrido en Kouen, “La Capital de las Llamas Brillantes”, quienes orquestaron todo, fueron los miembros de la Alianza de Señores Demonio “Uroboros”, el Señor Demonio Maxwell y el Señor Demonio de la Confusión. Finalmente, se evitó el peor desenlace posible y se confirmó la muerte del Señor Demonio de la Confusión. Ese incidente fue una clara y decisiva demostración de las intenciones de “Uroboros” y de la clase de comunidad que era.
Sin embargo, Hércules ladeó la cabeza.
—Mi intención no era encontrar a Uroboros ni a sus dirigentes. Desde el principio, a quien buscaba era al responsable de la caída de la Gran Federación aquella noche, al colaborar secretamente con Uroboros en las sombras. Es decir… Un traidor.
Solo entonces, al oír mencionar a un traidor, la sonrisa desapareció del rostro de Lamia. Al mismo tiempo, Hércules apartó la mirada de ella y volvió a centrarse en Leticia, dirigiéndole una pregunta con el tono más serio:
—Leticia. Oh, gran Draculea. Sabes de lo que hablo, ¿verdad? Entonces dime: ¿eres la traidora, o quizás alguien que colaboró con ellos? ¿Y bien? ¿Cuál de las dos será?
—¡¡¡Kh......!!!
Cuando le preguntaron al respecto, se mordió el labio y apartó la mirada con expresión de dolor. Al ver a su amada Leticia con semejante expresión de tristeza por culpa de ese hombre, el cabello dorado de Lamia comenzó a estremecerse, abrumada por la ira ante la sola presencia de Hércules.
—¿Cómo te atreves a acusar a la Tía Leticia de traidora con esa boca insolente que tienes?! Iba a contenerme, pero ahora veo que no es necesario. Si así es como vas a jugar, ¡que así sea! Iba a dejarte vivir si nos entregabas obedientemente tu Autoridad del Sol, pero la falta de respeto que le has mostrado a la tía Leticia solo puede castigarse con la muerte más dolorosa posible.
Entonces las olas comenzaron a agitarse violentamente, anunciando la aparición de una enorme bestia desde las profundidades del mar. Hércules simplemente la miró y adoptó una postura de combate, listo para enfrentarse a la súper bestia marina con sus propias manos.
En ese momento, la atmósfera se estaba volviendo tan tensa que la más mínima chispa bastaría para hacer estallar todo, pero, por suerte, cierta persona llegó justo a tiempo para detenerlos antes de que la situación llegara a un punto sin retorno.
—¡Espera, espera, espera, espera, espera un minuto, Hércules! Como siempre, eres un genio nato para complicar las cosas innecesariamente.
Una gran cantidad de hilos apareció aparentemente de la nada y formó un muro entre Hércules y Lamia, impidiendo que se enfrentaran en combate. Tras resolver la situación, el joven que acababa de aparecer se dirigió hacia Hércules. Este, que había estado irradiando hostilidad y sed de sangre hacia Lamia, se apartó de ella y miró al joven recién llegado con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—¿Orfeo? ¡¿Eres tú, Orfeo?! P-Pero... ¡¿Qué te pasó?! ¿Qué significa ese cuerpo tuyo tan excepcionalmente joven?!
—Jajaja, esas preguntas no vienen al caso, ¿no crees? No te preocupes, las responderé, pero tú tendrás que hacer lo mismo, ya que yo también tengo algunas preguntas para ti. ¿Te parece bien?
—......... ¿¿¿???
—¡Uf, olvidé que sigues siendo el mismo que eras entonces, cuando eras un semidiós normal! Bueno, responderé primero a tus preguntas para evitar confundirte aún más. Empecemos por explicarte por qué parezco tan joven, ¡ya que probablemente sea lo que más te interesa! En resumen, tuve que rejuvenecer físicamente porque, para participar en esta Segunda Guerra por la Autoridad del Sol, uno de los requisitos es no tener más de cierta edad que te impida ser considerado joven. ¿Qué te parece? ¿Entiendes lo que digo? ¿Te parece sencillo?
Hércules asentía con la cabeza enérgicamente mientras Orfeo le ofrecía explicaciones mezcladas con una serie de gritos de abandono de sí mismo.
—Ahora bien, en cuanto al asunto del traidor que contribuyó a la caída de la Gran Federación, Leticia ha estado de nuestro lado todo el tiempo, pero eso cambió recientemente. En cuanto al motivo de ello... Prefiero guardar silencio al respecto.
—Ya veo… Bueno, si Leticia no tuvo nada que ver, entonces está bien. ¡Porque eso significa que tú eres el traidor, Orfeo!
La ira de Hércules se desvió por completo de Leticia hacia Orfeo. Todos en la cala quedaron estupefactos ante este inesperado cambio de razonamiento, pero para Hércules no había nada extraño. En su opinión, solo el verdadero traidor sabría que Leticia no era la traidora que buscaba, y como Orfeo era quien lo sabía, eso significaba que él era el traidor. Era tan simple que no comprendía lo que era tan incomprensible.
Hércules dio un paso al frente, dejando que la ira recorriera todo su cuerpo, como si quisiera que le diera poder. Tras recuperarse del shock inicial, la expresión de Orfeo también se tornó seria; extendió ambas manos frente a sí y comenzó a agitarlas en un intento por hacer entrar en razón a su amigo.
—Hércules, espera. Necesito que te calmes y me escuches…
—Me niego. Sé que como amigo y compañero en el campo de batalla eres de una fiabilidad inigualable, pero también entiendo lo problemático que sería tratar contigo si te convirtieras en mi enemigo. Por lo tanto, ¡no prestaré ni un solo oído a las palabras venenosas de un traidor! ¡Te capturaré y te haré prisionero sin escuchar ni una sola palabra tuya!
El espacio mismo comenzó a crujir, la atmósfera se distorsionó, dificultando la respiración, y la tierra comenzó a gritar, y todo eso por la indignación de un hombre. Pero ese hombre no era un hombre cualquiera. Era el más fuerte de todos los guerreros de la mitología griega, poseedor de tal fuerza que era indiscutible que se encontraba en la cima junto a sus dioses, sirviendo como prueba de que había usado su fuerza sola para obtener su título como el hombre más fuerte de la historia de la humanidad. En comparación con él, un héroe por encima de todos los héroes que realizó muchas hazañas legendarias, Orfeo, quien perdió sus poderes de poeta, era una existencia efímera que se desvanecería con solo que alguien como Hércules lo rozara.
—En otras palabras... No escucharás nada de lo que tengo que decir. ¿Es así?
—Sí.
—¿Aunque mis palabras pudieran potencialmente salvar al Pequeño Jardín y al Mundo Exterior de las crisis que están enfrentando actualmente?
—¡Tu insistencia en intentar hablar conmigo me está empezando a sacar de quicio! La única forma en que podría creer algo de lo que quisieras decirme ahora sería si pronunciaras esas palabras en tu último aliento, ya que quienes están a punto de morir no tienen nada que perder, y eso les obliga a expresar sus verdaderos sentimientos, ¡lo quieran o no!
Hércules seguía acortando la distancia entre ambos, paso a paso. Sin embargo, Orfeo no retrocedió ni un solo paso. Simplemente cerró los ojos y contempló con atención las palabras que iba a pronunciar a continuación.
—Ya veo. ¿Así que solo vas a escuchar mis palabras cuando esté al borde de la muerte, cuando la llama de mi vida esté a punto de extinguirse?
Si eso es lo que dice Hércules, entonces no hay otra opción. Así es como tienen que suceder las cosas. Así que, tras respirar hondo, Orfeo se acercó a Hércules más rápido de lo que Hércules podía acercarse a él, y extendió las manos ampliamente mientras permanecía a escasos centímetros de él.
—Si eso es lo que hace falta para que escuches mis palabras y confíes en ellas... Entonces deberías matarme, aquí mismo, ahora mismo.
—¿Qué?
Hércules se detuvo en seco, como si esa sola frase lo hubiera enraizado firmemente en el suelo.
Se preguntaba a qué tipo de artimaña recurriría, pero para su mayor sorpresa, Orfeo no hizo nada de eso. Simplemente tomó la lira de plata que llevaba sujeta al cinturón, la desabrochó, la arrojó a la arena a sus pies y se quedó allí de pie con los brazos extendidos, completamente indefenso, esperando a ver qué hacía Hércules.
Ahora que había arrojado su arma, no había forma de que pudiera contraatacar o retroceder. Y, sin embargo, allí estaba, firme, con los ojos llenos de férrea determinación, incluso frente a Hércules y su aspecto verdaderamente diabólico, mientras gritaba con todas sus fuerzas.
—¿Por qué te sorprendes tanto? Tú mismo lo dijiste, ¡¿verdad?! ¡Que solo vas a creer en las palabras de alguien que está al borde de la muerte! ¿Acaso has olvidado que soy, ante todo, un poeta? ¡El que usa las palabras para tejer historias maravillosas destinadas a cautivar a mi público! Deberías saber lo que eso significa, ¡¿no?! ¡Oh, sí, así es! Estoy dispuesto a hacer literalmente cualquier cosa para conquistar los corazones de mis oyentes, incluyéndote a ti, así que, si para lograrlo tengo que poner mi vida en tus manos, ¡por supuesto que lo haré sin pensarlo dos veces!
—¡¡¡Ngh.........!!!
—¡Vamos, Hércules! ¡Hazlo! ¡Derríbame aquí mismo! ¡HAZLO! Y una vez que me mates, asegúrate de escuchar atentamente mi confesión en el lecho de muerte, ¡pues te revelará la verdad! Esta será mi última y más importante actuación, pero si logra que prestes atención a mis palabras y las escuches con sinceridad, ¡sin duda valdrá la pena sacrificar mi vida por ello! Así que, ¡vamos, deja que el gran poeta Orfeo te revele los resultados de su investigación final!
Ante el feroz ataque de las palabras de Orfeo, Hércules retrocedió ligeramente. Por lo que recordaba, Orfeo no era alguien que expresara sus emociones de una manera tan apasionada y vehemente.
Hércules no sabía qué había provocado que Orfeo se comportara de forma tan antinatural, pero fuera lo que fuese, debió de ser lo suficientemente importante como para que estuviera dispuesto a dar su vida para que lo escuchara. Sin embargo…
—¡Absurdo! ¿Estás loco? ¿De verdad te has vuelto tan loco como para arriesgar tu vida solo para que te oiga recitar un poema?
—¡Así es! ¡Exactamente, Hércules! Para nosotros, los poetas, nuestras palabras son nuestras espadas, lanzas, escudos, arcos y, sobre todo, ¡nuestro mayor orgullo! En el fondo, ¡los poetas no somos tan diferentes de ustedes, guerreros! ¿Quieres saber por qué? Porque, al igual que ustedes arriesgan sus vidas en el campo de batalla, nosotros también las arriesgamos por nuestro público, siempre con un único pensamiento en mente: “¡Por favor, dejen que mi voz los alcance!”. Y lo hacemos cada vez que subimos al escenario a recitar, ¡con cada poema!
Hércules estuvo a punto de preguntarle: “¿De verdad estás dispuesto a morir por una razón tan insignificante?”, pero al final no pronunció esas palabras. Sintió que se retiraba del ring con ese hombre, pero en realidad era todo lo contrario. Para el poeta, que siempre jugaba su vida para que sus palabras llegaran a sus oyentes, no había mayor provocación que esa.
—Amigo mío, debes saber que no te digo todo esto por capricho. Si pudiera, te lo habría explicado todo con detalle, pero simplemente no tenemos tiempo. La irregularidad que está ocurriendo ahora mismo es tan grave que yo, el traidor, no tengo más remedio que pedirte ayuda a ti, una de las personas a las que he traicionado. Hace poco logré convencer al hijo de Canaria para que también me prestara su ayuda, pero incluso con él de mi lado, todavía no sé si todo va a salir bien. Aun así, quiero hacer todo lo que pueda... No, tengo que hacer todo lo que pueda.
Cuando terminó de hablar, se inclinó profundamente ante él. Hércules alzó el puño, pero no se atrevió a blandirlo contra él. En efecto, Hércules estaba convencido de que Orfeo era un traidor responsable de la caída de Arcadia, pero también percibía en él la misma determinación que lo impulsaba cuando viajaban en busca del Vellocino de Oro, un viaje que transformó su naturaleza humana, así como cuando luchaban contra el Señor Demonio Distopía. La humanidad que sentía emanar de él ahora era exactamente la misma que en el pasado.
... Pero... ¡¡¡Pero eso no cambia el hecho de que Orfeo sigue siendo un traidor…!!!
Apretó el puño con fuerza y lo alzó lentamente por encima de su cabeza. Si ahora mismo desataba el castigo divino sobre este hombre, sin duda traería justicia y alivio a todos los miembros de su Comunidad que habían caído en el anonimato por su culpa. Era lo mínimo que podía hacer para compensarlos y vengarse en su nombre. Aunque la actual Comunidad “No Name” había logrado recuperarse y volver a su fama perdida, seguramente habían pasado por muchas dificultades durante los últimos tres años para llegar hasta donde estaban, y muchos de sus miembros probablemente resultaron heridos al enfrentarse a la cantidad desmesurada de pruebas que se les habían impuesto. Es más... Cuando Canaria murió, ¿qué sentimientos albergaba en su corazón ella, que admiraba a Orfeo como su maestro y lo anhelaba como hombre, cuando llegó el momento de su muerte?
—... ¿Dijiste que hablaste con el chico al que Canaria criaba como a su propio hijo? ¿Qué te dijo ese joven al escuchar tu historia?
—Bueno, cuando le conté la verdad empezó a perseguirme, así que hui, pero al final me alcanzó y yo estaba preparado para que me matara, pero por suerte no parecía tener ningún interés en quitarme la vida.
—Ya veo. Si el chico que tenía más derecho a reclamar tu vida decidió perdonarte la vida, entonces supongo que yo también voy a contenerme.
Y así, Hércules cumplió su palabra: bajó el puño, que estaba a punto de arremeter contra Orfeo y aplastarle el cráneo. Hércules, conocido por su franqueza y pasión en las leyendas y el folclore, contuvo su ira y evitó que su puño cobrara otra víctima. Esto demuestra que debió de haber llegado a la conclusión de que las palabras de Orfeo eran sumamente valiosas.
—Orfeo. Antes de escuchar tu historia, hay una cosa que quisiera confirmar contigo.
—Por supuesto. ¿Qué es?
—¿Cuándo traicionaste exactamente a la Comunidad? ¿Fue antes de la caída de la Gran Federación? ¿O después?
Esa simple pregunta incomodó un poco a Orfeo, tanto que apartó la mirada de Hércules. Ese era el tema que intentaba evitar a toda costa. Aunque intentara excusarse ahora, eso no disminuiría el peso de sus pecados, así que decidió omitirlo por completo.
Sin embargo, la ayuda le llegó del lugar más inesperado.
Leticia, que había oído toda la conversación, intervino inmediatamente para ofrecerle su ayuda.
—Este joven nos traicionó después del colapso de la Gran Federación. Te lo aseguro. Además, ¡piénsalo bien, Hércules! ¿De verdad crees que alguien como él, un esposo tan devoto, podría traicionar a la Comunidad de la que su esposa era un pilar fundamental?
—¡L-Leticia! ¿De verdad estás segura de que puedes confiar en él tan fácilmente?
—Sí, estoy segura de ello.
Leticia afirmó que confiaba en Orfeo y en lo que decía, y que no había nada de malo en ello. Hércules sonrió levemente al oír sus palabras, como si las espinas clavadas en su pecho por fin hubieran desaparecido.
—Ya veo… Eso es bueno. De verdad, me alegro mucho…
Un profundo alivio. Una sonrisa que reflejaba su paz interior. Da igual que seas un hombre común o el más grande de los héroes, dudar de aquellos a quienes consideras viejos amigos siempre es una experiencia dolorosa.
Ver a un hombre tan bestial como un león sonreír de una manera tan dulce e inocente debería haber sido nostálgico pero aunque esa sonrisa iba dirigida a él, solo provocó que Orfeo sintiera un dolor punzante en su propio corazón.
—Jaja, esta sonrisa es tan injusta, ¿sabes? ¡Por eso siempre he dicho que los chicos latinos guapos son tan peligrosos!
—¿Peligrosos?
—¡Así es, peligrosos! Ese tipo de sonrisa es precisamente lo que provoca que los instintos maternales se despierten inconsciente e indiscriminadamente en toda mujer que la ve, por eso ustedes terminaron teniendo tantos problemas en ese sentido... No, aunque me encantaría hablar más sobre ello, tenemos que dejar esa historia para otra ocasión. Realmente no tenemos tiempo.
Ahora que Hércules no quería matarlo directamente, no había razón para reabrir las viejas heridas, sobre todo porque los temas del amor y la fidelidad podrían acarrear otro tipo de problemas si uno indagaba demasiado en ellos.
Lamia, que se había mantenido como mera espectadora del drama que se desarrollaba ante sus ojos, se puso un poco malhumorada al sentir que la habían dejado fuera de la conversación.
—¡Hmpf! ¡Escucha, Orfeo! No me importa oír lo que tengas que decir, ¡pero eso no significa que vayamos a contarte nada sobre “Uroboros” a cambio! ¿Lo entiendes?
—Bueno, supongo que ya veremos. Al fin y al cabo, el último deseo de Orfeo fue que primero escucháramos lo que tenía que decir.
—¿Eh? ¿Último deseo? Pero creí que ya habíamos acordado que no me iban a matar.
—Pero no especificaste que también debemos perdonarte. Ahora que has perdido tu autoridad como poeta, no eres más que un héroe de segunda clase, o incluso menos. Seguramente la última voluntad de alguien así no puede ser tan valiosa como se pinta, ¿verdad?
—¡Muy bien, ya está! ¡Ahora sí que estoy herido! Nunca me habían tratado así, así que la verdad es que me cuesta decidir cómo reaccionar, ¿sabes?
—Entonces, simplemente acéptalo. Ese es el castigo por tu pecado de traición.
—¿Acaso ese castigo no es demasiado leve?
Orfeo dijo, llevándose la mano a la frente mientras lamentaba su situación actual: —Parece que el destino de un poeta que ya no canta ni compone poemas es siempre miserable, sin importar el mundo en el que se encuentre.
—¡Ejem!
Lamia, que tosió para llamar la atención de todos, se puso de pie y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Bueno, supongo que da igual. Muy bien. Si nos escuchas, también se te permitirá convertirte en... No. ¡Te unirás a la “Tercera Alianza de Uroboros”!
—¿Tercera Alianza?
—Será mucho más rápido si simplemente te lo mostramos. Mira esta bandera de la comunidad.
Y entonces desplegó la bandera de la comunidad “Uroboros”. Hércules ya la había visto antes, pero esta era diferente a las que conocía.
Cuando se dibuja al Uroboros, el ser que simboliza la eternidad, la repetición y el infinito, generalmente se le representa como una serpiente que se muerde la cola. Sin embargo, el que Lamia les presentó a Orfeo y Hércules tenía tres cabezas de dragón devorándose sus tres colas.
—Tres dragones... ¿Es así para representar la estructura interna de la Comunidad?
—Sí. Como probablemente ya sabes, la “Alianza del Señor Demonio Uroboros” es una comunidad enorme, por lo que, para facilitar el control de todos sus miembros, se ha dividido en tres subcomunidades.
—Lamia y yo pertenecemos a la Tercera Alianza, responsable de luchar en primera línea. Hasta hace tres años, el líder de esta rama era un Señor Demonio llamado Su Alteza, pero ahora el liderazgo se le ha confiado a Lamia. En cuanto a los líderes de la Primera y la Segunda Alianza, el único que se presentó personalmente para luchar fue el Señor Demonio Maxwell.
—Ehm, ¿tía Leticia? Originalmente yo pertenecía a la Segunda Alianza, ¿recuerdas? Pero la regla es que el líder de la Tercera Alianza debía ser elegido de entre los miembros de la Segunda Alianza, y que ese alguien sea yo, ¿acaso eso no demuestra lo increíble que soy?
Lamia se rio, visiblemente orgullosa de sí misma, pero lo que dijo hizo que Hércules frunciera un poco el ceño.
—Pero entonces, ¿quién fue el responsable de salvar a esta chica?
—No sé si podemos llamar a esto ser salvado, pero fue posible gracias a la ayuda de cierta persona de “Uroboros”. Me enteré de esto hace unos meses por alguien que decía llamarse Sr. James, tras lo cual vine a prestarle mi ayuda.
—Parece que a la tía Leticia no le cae muy bien James, pero te aseguro que es un caballero. ¡Incluso me prometió que haría los arreglos necesarios para que algún día pudiéramos volver a vivir juntos con mi madre!
Lamia gritó de alegría mientras se aferraba al brazo de Leticia. Por un instante, su expresión se nubló y le devolvió la sonrisa.
—Al principio me sentí muy mal por hacer todo esto a espaldas de todos los miembros de la comunidad “No Name”, pero luego me di cuenta de que esta podría ser una oportunidad única para obtener información privilegiada sobre cómo opera “Uroboros”.
—Está perfectamente bien. No tengo motivos para desconfiar de tus palabras.
Eran palabras sencillas pero poderosas. Leticia le sonrió a Hércules para agradecerle su amabilidad, a lo que él le respondió con la mirada de “no es para tanto” y que no tenía por qué darle las gracias.
—Muy bien. Me alegra que hayamos podido aclarar varias cosas entre nosotros, pero creo que ya es hora de pasar al tema más importante que aún tenemos pendiente. Principalmente... Orfeo, ¿qué quisiste decir con "No tenemos mucho tiempo"? ¿A qué te referías? Creía que todas las "Pruebas Finales de la Humanidad" ya habían sido superadas y que no tendríamos que preocuparnos más por ellas.
Entonces Hércules hizo una pregunta muy plausible.
Orfeo afirmó que la crisis que se avecinaba traería desastre no solo al Mundo Exterior, sino también al Pequeño Jardín, pero desde que Azi Dahaka fue derrotado por “No Name” hace tres años, nada de eso había sucedido. Incluso ahora, mientras mantenían esta conversación, los suaves vientos seguían soplando por todos los rincones del Pequeño Jardín como siempre, y no había rumores ni señales que indicaran la posible aparición de otro Señor Demonio despiadado.
—Sí, eso es exactamente lo que dije. Sin embargo, en este caso particular, el problema no reside en el Señor Demonio en sí, sino en la irregularidad asociada a él. Una tragedia que normalmente pasaría desapercibida para cualquiera, ocurriendo silenciosamente en un rincón recóndito de la historia. Un sacrificio del que nadie siquiera supo. Una irregularidad que tuvo lugar antes de otro punto de inflexión en la historia de la humanidad, la Tercera Revolución Energética.
Orfeo transformó sus sombríos pensamientos en palabras aún más oscuras.
Una tragedia y un sacrificio que solo él, el maestro de Canaria, conocía, y que por alguna razón inexplicable se perdió en el mundo del Pequeño Jardín.
—Su conclusión... Seguramente será triste. Pero esto es definitivamente algo más grande que “Uroboros”, “Avatara” y todo lo que vino antes.
—¿Entonces alguien tiene que hacer algo al respecto? ¿Es ese tipo de incidente?
—Me temo que sí. Por eso yo…
—No, yo me encargaré de ello, así que deberías esperar aquí mismo.
Hércules le dio la espalda a Orfeo y caminó hacia Lamia. Luego se arrodilló sobre una rodilla frente a ella y declaró con poderosas palabras:
—Semidiós Hércules, hijo del dios principal Zeus de la mitología griega. ¡Aquí y ahora, juro unirme a la “Tercera Alianza de Uroboros”!
[Capítulo Anterior] [Lista de Contenido] [Siguiente Capítulo]
