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Traductor: Radak
Corrector: Radak
CAPÍTULO 1
Tren Espiritual Gigante “Mil Soles”, zona de entrenamiento en la terraza de la planta superior.
La tensión entre las dos espadachinas que se enfrentaban en un combate de entrenamiento era tal que parecía que podían saltar chispas a su alrededor en cualquier momento. Tras un último intercambio de golpes con sus relucientes espadas ahora permanecían inmóviles, mirándose fijamente. Sin embargo, incluso el más mínimo movimiento podía hacer que ese delicado equilibrio se desmoronara y estallara en un espectáculo violento, incluso algo tan silencioso e insignificante como mover con un dedo el hilo de una araña. Tal era la destreza y la agudeza de los sentidos de ambas jóvenes, que se encontraban en medio del campo de entrenamiento de madera construido en una de las terrazas de los pisos superiores del Tren Espiritual Gigante.
El arma predilecta de Kudou Ayato era una espada-látigo segmentada, mientras que Uesugi optó por una lanza roja de mango largo. Si bien no cabía duda de que la capacidad de dividirse de su forma de espada de corto alcance a la forma de látigo de alcance medio y viceversa en un abrir y cerrar de ojos le daba a Ayato la ventaja de controlar la distancia a la que quería enfrentarse a su enemigo, cada vez que la punta de su espada segmentada chocaba con la hoja de la lanza de mango largo de Uesugi, que era aproximadamente del tamaño de un hombre adulto promedio, siempre terminaba siendo desviada hacia un lado como si no fuera más que una hoja seca. Así que, si se movía bien y elegía una estrategia agresiva, Uesugi no debería tener ninguna dificultad para lidiar con cualquiera de los ataques de Ayato como quisiera. Sin embargo, el arsenal de armas de Ayato no se limitaba solo a la espada-látigo. También poseía dos lanzas cortas diseñadas para el combate cuerpo a cuerpo, así que, si Uesugi intentaba acortar la distancia pensando que obtendría ventaja, se enfrentaría a una dolorosa remontada. En ese momento, ambas participantes en este ejercicio de entrenamiento seguían observando a su oponente, atentas a su posible siguiente movimiento, buscando el momento oportuno para atacar.
Sin embargo, en un momento dado, Ayato respiró hondo y abrió la boca, rompiendo el silencio entre ellas.
—Siento que debería pedirle disculpas por mi descortesía hasta ahora, Señorita Uesugi. Aunque fui yo quien le pidió que tuviéramos un combate de entrenamiento, he tomado poca iniciativa durante esta batalla, así que voy a enmendarlo ahora.
Al oírle decir eso, Uesugi se relajó un poco y las puntas de sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
Era evidente que no tenía intención de tomar la iniciativa desde el principio, pero mentiría si dijera que no estaba ansiosa por descubrir qué trucos guardaba su oponente, con quien luchaba por primera vez. Además, como retada a este duelo, era su deber como espadachina superar las expectativas de su rival.
Tras aflojar ligeramente el agarre de la empuñadura de su espada, Ayato exhaló un leve suspiro, al que siguió una estocada hacia adelante a la velocidad del rayo que hizo que su hoja se separara en segmentos y luego se deslizara hacia adelante mientras se enroscaba en el aire como una serpiente.
—¡Fuh.........!
La espada trazó tres amplios arcos en el aire y luego atacó velozmente a Uesugi, lanzándose directamente hacia ella. Esta precisión, velocidad y agudeza de movimientos, que parecían provenir únicamente de la destreza física de Ayato, la habían tomado un poco desprevenida. Aquella arma, Serpiente Escorpión, hacía honor a su nombre. Encarnaba la amenaza tanto del colmillo de una serpiente como del aguijón de un escorpión, convirtiéndola en algo que ni siquiera un guerrero experimentado podría manejar simplemente quedándose quieto con la guardia alta. Si se trataba de los colmillos de una serpiente, todo lo que Uesugi tendría que hacer para vencerla sería aplastar el cráneo que los mantenía unidos; y si se trataba del aguijón de un escorpión, simplemente tendría que cortarlo del cuerpo principal del escorpión junto con su cola.
Sin embargo, el problema con Serpiente Escorpión era que cada una de sus cuchillas segmentadas era como una combinación de esos dos elementos venenosos, y había muchísimas. Y a diferencia de la serpiente real, cuyo vientre, el único lugar de su cuerpo no cubierto por las rígidas escamas que la protegerían del daño, era su punto débil, la que ahora enfrentaba parecía no ser más que una masa sensible de colmillos, lo que convertía el enfrentamiento en algo nada gracioso.
Por más que intentara apartar la punta de aquella espada-látigo con sus golpes, esta siempre volvía a enroscarse para seguir atacándola con rapidez, y el resultado era el mismo sin importar cómo intentara contrarrestarla. Por lo tanto, Uesugi pensó que debía actuar con mayor rapidez y decisión.
—Pensar que has bloqueado mis movimientos simplemente porque puedes atacarme desde cualquier dirección que quieras... ¡Es el colmo de la estupidez!
Desviando los dos siguientes golpes de la espada-látigo de Ayato con la punta de su lanza y el extremo de su mango, haciéndola girar, Uesugi lanzó una carga hacia adelante. Aunque Ayato sabía que tales acciones temerarias eran sinónimo del nombre de Uesugi Kenshin, le sorprendió que recurriera a acciones tan directas en esas circunstancias, pero, al final, resultó ser lo correcto.
Tras considerar cuidadosamente todas las variables: la presencia o ausencia de obstáculos en el terreno, la diferencia en sus físicos y habilidades, y la distancia que los separaba, Uesugi determinó que no tenía sentido intentar esquivar o escapar de los ataques de Ayato. Probablemente gracias a sus incontables años de experiencia en diversos campos de batalla, pudo seleccionar instantáneamente la mejor estrategia. Pero, al mismo tiempo, esa maniobra también reveló la diferencia en el nivel de habilidad entre ambas. Si bien su carga pudo haber sido temeraria desde la perspectiva de un observador común, ella sola poseía la fuerza y la destreza suficientes no solo para seguir desviando todos los ataques de la espada segmentada que la atacaba una y otra vez como una serpiente ansiosa por clavar sus colmillos venenosos en el cuello de su presa, sino también para avanzar con firmeza hacia la portadora de la espada-látigo. Ayato, quien decidió que por el momento usar solo Serpiente Escorpión sería suficiente, continuó retrocediendo lentamente mientras aumentaba la velocidad de sus ataques y el número de arcos que la forma de látigo de su arma dibujaba en el aire para ejercer aún más presión sobre Uesugi. Mientras movía sus manos con destreza, intentó acorralarla atacando cada parte de su cuerpo desde todas las perspectivas posibles.
Sin embargo, algo que no podía negar era que la fuerza y la determinación de la Señorita Uesugi para superar sus ataques eran verdaderamente extraordinarias. No importaba si intentaba usar su espada-látigo para crear una red a su alrededor, bloquearle el paso con una cerca de hojas espinosas o desgarrarle los brazos y las piernas; siempre que supiera que esos ataques no la matarían directamente, Uesugi seguía avanzando con su indomable espíritu samurái.
Esa habilidad suya para ignorar heridas menores como si nunca hubieran existido era una de las razones por las que no debía subestimarse, pero aun así, Ayato estaba muy impresionada de que una guerrera formidable como ella, alguien que se había labrado una reputación como una de las guerreras más fuertes del Período de los Estados Combatientes de Japón y que llegó a ser conocida como el Dios de la Guerra de Echigo, pudiera resistir tantos ataques sin inmutarse, e incluso se sentía honrada de tener a alguien así como oponente en esta sesión de entrenamiento.
Dicho esto, este combate de entrenamiento y el combate regular son dos cosas completamente diferentes.
Este tipo de guerrera que corre de frente, como un jabalí embistiendo, era una presa fácil para Ayato. Si la estrategia de Uesugi para vencerla partía de la base de que estaría indefensa e incapaz de hacer nada mientras siguiera cargando contra ella intentando forzarla a un combate cuerpo a cuerpo, entonces Ayato sentía que no era ella quien iba a perder este combate.
Y ella tenía la intención de demostrar esa convicción con su siguiente maniobra.
Cuando Uesugi se acercó lo suficiente como para alcanzarla con una estocada de su lanza roja, atraparla con todo tipo de barreras ya no era una opción efectiva, así que decidió hacer algo diferente. Justo cuando Uesugi estaba a punto de atacarla con su arma, dirigió la punta de su espada-látigo hacia ella, haciendo que se enroscara alrededor de su mango como una serpiente enroscándose en la rama de un árbol, y luego tiró hacia atrás con un tirón brusco, como si estuviera sacando un pez del agua con una caña de pescar. En ese instante, Uesugi no tuvo más remedio que soltar su arma si no quería ser arrastrada hacia Ayato junto con ella.
—¡¡¡.........!!!
Puede que pareciera que la ponía en desventaja, pero este giro de los acontecimientos no carecía de ventajas para ella. Dado que Uesugi no soltó su lanza sin antes oponer una dura resistencia, Ayato tuvo que hacer un gran esfuerzo para arrebatársela, lo que sin duda la haría perder la postura estable que había mantenido hasta entonces. Lo ideal habría sido que el retroceso la hiciera tropezar hacia atrás y caer, pero presintiendo que algo así podría suceder, inmediatamente realizó una voltereta hacia atrás que le permitió mantener la estabilidad de su posición sin perder el impulso que había ganado... Pero ese era precisamente el momento que Uesugi estaba esperando. Ese breve instante en que su oponente se expuso fue todo lo que necesitaba para acortar la distancia entre ellas. Estando tan cerca que no había ni un solo paso de espacio entre ellas, agarró el brazo de Ayato, lo retorció como si intentara escurrir el exceso de agua de un paño mojado, la levantó en el aire y enseguida la estrelló contra el suelo.
—Gah...... ¡¡¡Jaaaa......!!!
El jadeo de Ayato quedó ahogado por un sonido que recordaba al de un trueno golpeando el suelo durante una fuerte tormenta, seguido al instante siguiente por el crujido de las tablas del suelo de madera. El piso bajo Ayato y Uesugi quedó destrozado, y el impacto fue tan fuerte que resonó por todos los niveles inferiores del Tren Espiritual Gigante que se encontraban justo debajo de ellos.
—Ay ay ay ay... ¡Duele...!
Eso fue todo lo que Ayato pudo decir mientras se incorporaba del suelo y se masajeaba la mano, que, según admitió, le dolía muchísimo. Ayudándola a ponerse de pie, Uesugi anunció su victoria con orgullo y una amplia sonrisa.
—Fufufu~~, creo que la victoria es mía, ¿no estás de acuerdo?
—Uf... Sí, admito la derrota. Aunque debo decir que ustedes, los samuráis, dan bastante miedo.
—Puede que sea cierto, pero tú tampoco lo hacías nada mal. Oí rumores sobre tu habilidad con esa espada-látigo, pero, personalmente, debo decir que esos rumores no te hacen justicia. Estaba convencida de que te basabas principalmente en acrobacias y otros trucos para desconcertar a tus oponentes, pero pensar que serías capaz de hacer que esa arma se moviera como si tuviera vida propia... ¡Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, jamás lo habría creído! ¡Era tan formidable que no tuve más remedio que lanzarme directamente contra ti como una loca!
Uesugi elogió a Ayato con una sonrisa. Al parecer, ella era de ese tipo de luchadora que recurría a lanzarse directamente al ataque cuando su estrategia elegida fallaba. Aunque su cuerpo aún le dolía por completo después de haber sido derribada, logró responderle con una sonrisa ligeramente amarga. Sin embargo, lo que más le sorprendió durante su batalla fue la forma en que Uesugi se comportó durante todo el combate. Según la experiencia de Ayato con las armas, todo aquel que lucha siempre prioriza protegerse, sin importar la situación en la que se encuentre.
En el campo de batalla, es impensable soltar el arma que se empuña a menos que se posea un valor extraordinario o una destreza en artes marciales tal que permita afrontar las amenazas incluso estando completamente desarmado. ¿Esta podría ser la razón por la que se dice que todos los samuráis poseían un espíritu de puro acero?
Una vez concluida su sesión de entrenamiento, Ayato estaba lista para marcharse, pero antes de que pudiera dar otro paso, el rugido de una bestia resonó a sus espaldas, dejándola paralizada en el sitio.
—¡Eso fue una exhibición bastante vergonzosa, Ayato!
Al oír una voz familiar reprendiéndola sin piedad, Ayato enderezó instintivamente la espalda hasta que todo su cuerpo quedó perfectamente recto, mientras oleadas de sudor frío le recorrían la columna y sus cejas comenzaban a temblar. Haciendo todo lo posible por disimular el temblor de sus manos, pero fracasando estrepitosamente, volvió lentamente la mirada hacia quien había calificado su batalla con Uesugi como una “Exhibición Vergonzosa”.
Así es, había olvidado por completo que había una persona más en el campo de entrenamiento además de Uesugi Kenshin y ella. Alguien que insistió en que tenía que ver su combate de entrenamiento, y que estuvo apoyada contra la pared todo el tiempo con su cabello rojo vino recogido en dos trenzas a la espalda: Scathach, la Reina Irlandesa de los Muertos, Señora de la Tierra de las Sombras y, actualmente, Caballero de la Reina y Mayordomo Principal del Espíritu Celestial del Sol, la Reina de Halloween, además de la Maestra de Ayato en artes marciales. Y la forma en que ahora miraba a Ayato la llenaba de una profunda incomodidad que la hacía sudar profusamente.
—Ayato, ahora te voy a hacer una pregunta y espero que me respondas con sinceridad, sin excusas patéticas: ¿quién te enseñó a pelear así? Porque estoy bastante segura de que yo nunca te he mostrado movimientos tan torpes y poco refinados, ¿verdad?
—Sí, es exactamente como usted dice, maestra. Intentar desarmar al enemigo enredando mi espada-látigo alrededor de su arma fue una mala decisión por mi parte...
—No, la verdad es que no me importa. Es demasiado pronto para decir que ejecutaste bien ese movimiento, pero esta vez te perdonaré con un simple jalón de orejas, porque tenías muy buena intención. Da igual si se trata de un combate amistoso, una batalla simulada para poner a prueba tu entrenamiento o un duelo a muerte, quitarle el arma al oponente siempre ha sido una de las formas más efectivas de terminar rápidamente una batalla.
Aunque Scathach dijo estar dispuesta a perdonar a Ayato por su mala ejecución de los movimientos, la ira en su voz no disminuyó ni un ápice. Al darse cuenta de esto, Ayato se encogió aún más de miedo, esperando que Scathach continuara reprendiéndola, cosa que hizo de inmediato.
—Lo que realmente me enfada de ti es ese descuidado método de ensayo y error que estabas usando antes de intentar desarmar a Uesugi... Oye, Ayato, ¿qué te parece si jugamos a un juego? Un juego en el que intentaré adivinar cuál fue exactamente tu proceso mental cuando decidiste quitarle el arma a Uesugi.
—¿Eh?
—Cuando la Señorita Uesugi decidió abandonar todas las tácticas más sutiles y se lanzó directamente contra ti, probablemente pensaste algo como: “Ya que se abalanza sobre mí como un jabalí furioso, es evidente que mis habilidades son superiores a las suyas. Siendo así, no creo que vaya a perder, independientemente de cómo decida afrontarlo”. Estabas tan orgullosa de haberla acorralado que nublaste tu juicio, lo que te llevó a optar por una estrategia tan agresiva que normalmente no elegirías, ¿verdad?
¿Oyeron eso? ¿Ese sonido que parecía el de un cristal rompiéndose en mil pedazos y cayendo al suelo? Era el sonido de Scathach asestando un golpe crítico al orgullo de Ayato. Pero esas palabras no eran lo que más le dolieron.
Lo que más le dolió, lo que más la impactó, fueron los ojos de Scathach, que la miraban con tal desprecio que solo pudo sonrojarse, mezcla de fastidio, ira y vergüenza. Mientras luchaba contra Uesugi, estaba convencida de que quitarle su arma sería la mejor opción, pero al parecer era la única que pensaba así.
Así pues, según su maestra, la decisión correcta era mantenerse alejada de Uesugi, y si eso resultaba imposible, cambiar su espada-látigo por sus lanzas dobles, o tal vez por su arco si no tenía tiempo suficiente para sacar las lanzas de su Tarjeta de Dones en la que estaban guardadas.
Pero cuanto más lo pensaba Ayato, más imposible le parecía. Durante todo el combate de entrenamiento, simplemente no tuvo tiempo de cambiar de arma y usar otra cosa que no fuera la espada-látigo, y menos aun cuando Uesugi comenzó a abalanzarse sobre ella, intentando mantenerla en combate cuerpo a cuerpo.
Pero esas eran solo excusas infantiles que ponía a posteriori, cuando se dio cuenta de su error solo después de que alguien más se lo señalara. También comprendió por qué Scathach estaba tan enfadada con ella.
Después de todo, como alguien que entrenó a muchos héroes a lo largo de su vida y la tomó como discípula, era perfectamente comprensible que se enfureciera al ver a esa discípula perder algo tan simple como una batalla de entrenamiento porque no utilizó al máximo las habilidades que le habían enseñado debido a una maniobra exitosa que la hizo pensar que tenía la victoria asegurada, solo para que la situación se volviera en su contra en el segundo siguiente.
Cuando Ayato se dio cuenta de todo eso, se sintió tan humillada que el corazón se le hundió en el pecho, y lo único que deseaba era arrastrarse hasta algún agujero oscuro y desaparecer de la vergüenza.
—...... En verdad, qué desperdicio de potencial fue ese.
Y “¡¡¡PUÑALADA!!!”, otro golpe crítico, esta vez como un carámbano clavado directamente en la autoestima de Ayato, que ya estaba al borde del llanto, tanto que apenas podía evitar que le temblaran los hombros.
—Ayy....... Permítame disculparme, Señorita Uesugi. Lamento que mi discípula no haya podido ofrecerle la batalla que probablemente esperaba. Si aún se siente insatisfecha después de esa lamentable excusa de combate de entrenamiento, ¿quizás le gustaría tener una batalla conmigo para compensar el tiempo perdido?
Recogiendo con su mano izquierda la espada-látigo de Ayato, agarró el mango y lo sacudió suavemente. Al hacerlo, la lanza de mango largo de Uesugi salió disparada por los aires como si no pesara nada, girando y rotando como una moneda al aire. ¿Era esa su idea de cómo se debían devolver las armas a sus dueños, o simplemente quería presumir ante Ayato?
Sin embargo, la Señorita Uesugi simplemente se rio y negó con la cabeza en señal de desdén mientras atrapaba su lanza giratoria como si nada.
—Si bien sería una gran oportunidad para poner a prueba mis habilidades en un combate contra la gran Scathach, una reina guerrera que, según se dice, domina a la perfección todas las artes de la guerra, no vine hoy a este campo de entrenamiento por eso. Solo vine porque le pregunté a la señorita Ayato si le gustaría tener un combate de entrenamiento conmigo para poder evaluar sus capacidades actuales, y, basándome en lo que vi hoy, puedo afirmar que no me mostró todo su potencial. Pero no lo malinterpreten, no lo digo para burlarme de ella. Entiendo perfectamente que todos tenemos nuestros altibajos, así que, si Ayato está de acuerdo, tendremos otro combate otro día, ¿está bien?
Al ver que Uesugi no solo estaba conforme con esa farsa de encuentro que acababa de ocurrir, sino que además sonreía con genuina alegría y sus palabras no contenían ni el más mínimo rastro de sarcasmo, Scathach quedó muy sorprendida.
En cuanto a Ayato, que estaba tan deprimida que incluso llegó a pensar si lo mejor para ella sería desaparecer en ese mismo instante, esas palabras fueron justo lo que necesitaba para recuperar el ánimo. Pritt siempre había descrito a Uesugi como una “samurái ingenua y con aspecto de jabalí en cuerpo de mujer”, pero su personalidad como compañera guerrera era realmente admirable.
—S-Sí, por supuesto, no desearía nada más que...
Emocionada y de muy buen humor, Ayato le hizo una profunda reverencia a Uesugi y le expresó su gratitud, pero antes de que pudiera terminar lo que quería decir, la fría voz de Scathach la interrumpió.
—Ayato. Probablemente esta sea la mejor oportunidad para preguntarte sobre esto, así que escúchame y luego dame una respuesta directa: después de regresar al Pequeño Jardín, ¿cuántos de tus recuerdos antiguos has recuperado? ¿Cuánto lograste recordar? ¿Sentiste algún tipo de malestar después de lo que sucedió hace cinco años? ¿O aún tienes problemas con la pérdida de memoria?
—N-No, no he tenido ningún problema de ese tipo, y ahora me siento bien. Pero si insiste en que mi destreza en las artes marciales ha disminuido, ¿quién soy yo para discutirlo...?
—Por suerte, el declive de tus habilidades no parece tan grave como esperaba, así que no te preocupes por ahora. Desde mi punto de vista, los problemas con tu aparente falta de agilidad no se deben a problemas de memoria, sino a tu actitud, y eso solo puede significar una cosa.
Con un suspiro de desánimo, Scathach cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó de nuevo contra la pared, mirando a Ayato con frialdad, pero de alguna manera con un sentido diferente al de antes.
—Quería evitar preguntarte sobre eso porque es un cliché, pero parece que no me dejas otra opción... Ayato, ¿podría ser que hayas perdido de vista la razón por la que luchas?
—E-Eso es... B-bueno, yo... Yo...
—Si fueras la misma chica de entonces, la que luchaba con tanta desesperación porque quería abandonar el Pequeño Jardín, reencarnarse en el Mundo Exterior y empezar una nueva vida allí, no habrías luchado de forma tan descuidada, ni siquiera en un simple entrenamiento. La tú de entonces lo daba todo en cada batalla, por insignificante que pareciera.
Scathach habló con un tono áspero que no dejaba lugar a réplica, así que lo único que Ayato pudo hacer fue apretar los dientes y los puños, conteniendo las palabras que quería escupirle a su maestra. Lo peor de lo que decía Scathach era que tenía razón en todo, porque Ayato sentía que podía hacerlo mucho mejor, pero algo la frenaba, como durante la batalla contra el Minotauro, donde sin duda habría sido mucho más útil si se hubiera unido antes a la batalla.
Sí, si ella fuera como antes, tal vez muchos de los desastres y crisis que han azotado al Pequeño Jardín en los últimos años: la invasión de Underwood por los Gigantes, la batalla con el Dragón Gigante o la aparición de las Garras del Señor Demonio no habrían ocurrido, o al menos tal vez el número y la magnitud de las bajas que causaron esos eventos podrían haberse limitado.
—La fuerza de las artes marciales que te he enseñado reside en la cantidad de armas que puedes usar si las dominas y en su versatilidad. Con tus lanzas dobles, tu espada-látigo y tu arco, puedes luchar eficazmente en combates a corta, media y larga distancia, y adaptar tus estrategias según sea necesario. Al poder cambiar rápidamente entre esas tres distancias, siempre podrás controlar el curso de la batalla mejor que tus oponentes, triunfando incluso sobre aquellos que son claramente superiores a ti. ¿Acaso no fue esa una de las primeras lecciones que te di?
—S-Sí, maestra, esa fue, en efecto, una de las primeras lecciones que me dio.
Una vez más, las palabras de Scathach dieron en el clavo. Saber que aquel que sea capaz de luchar en todos los frentes utilizando un arsenal versátil de armas dominadas al máximo de sus capacidades siempre tendrá ventaja en la batalla, incluso si es muy inferior a sus oponentes en términos de poder puro.
Sin embargo, como ocurre con todas las cosas en este mundo, es más fácil decirlo que hacerlo.
En el campo de batalla, si no eres capaz de evaluar y comprender adecuadamente la situación, podrías acabar perdiendo la vida sin siquiera luchar. Necesitas un juicio sereno y firme para elegir las mejores soluciones en cada situación, y el valor necesario para enfrentar y vencer a cualquier oponente. Si te falta alguna de estas cualidades, no podrás aprovechar al máximo las artes marciales enseñadas por Scathach.
—En aquellos tiempos, tenías una determinación tan férrea que habrías derribado incluso a dioses o Budas si se interponían entre tú y tu objetivo. Si lograr tu meta significaba arrastrarte por el suelo y beber agua sucia y fangosa, lo habrías hecho sin dudarlo un instante. Tu obsesión con tu objetivo y tu convicción de que sin duda lo lograrías fueron lo que te permitió convertirte en el Caballero de la Reina. Pero esa eras tú en el pasado, ¿un ser completamente diferente? ¿Y ahora? ¡Mírate! Ni una pizca de valentía se refleja en esos ojos asustados y sin vida, ¡demasiado temerosos de mí como para mirarme mientras te regaño! Como tu maestra, me avergüenza llamar discípula a alguien tan cobarde como tú.
—Sí, tiene razón. Me disculpo sinceramente por mi incompetencia.
Ayato ya no tenía palabras para expresarse, así que hizo lo mejor que pudo. Se disculpó por haber decepcionado a su maestra.
Ahora que Scathach había descargado toda su ira sobre Ayato, ya ni siquiera quería verla en ese estado tan lamentable, así que se apartó de ella y se dirigió a la puerta que salía del campo de entrenamiento, pero se detuvo justo cuando su mano estaba a punto de girar el pomo, miró hacia atrás a su discípula y proclamó con un tono desprovisto de toda emoción:
—Te aconsejo encarecidamente que te mires al espejo una vez más y pienses por qué decidiste luchar. Porque si sigues siendo como eres ahora... Inevitablemente perderás todo lo que aprecias.
Y así, sin más, Scathach abandonó rápidamente el campo de entrenamiento sin siquiera mirar atrás. Incapaz de responder a su voz inexpresiva, Ayato solo pudo quedarse allí de pie, con la cabeza gacha y los dientes apretados con tanta fuerza que las lágrimas podían brotar de sus ojos en cualquier momento.
❄️❄️❄️
Tren Espiritual “Mil Soles”, dentro del salón de huéspedes “Humo Púrpura”.
Todo el vagón, diseñado para parecer un acogedor bar, estaba impregnado de humo púrpura destinado a obstruir la visión de quienes entraran, impidiendo que los clientes distinguieran a los demás y evitando así cualquier problema derivado de encuentros fortuitos que pudieran desembocar en un baño de sangre si la situación se descontrolaba. Además, cada asiento del salón estaba separado por elegantes cortinas que parecían membranas semitransparentes, todo ello para garantizar que los clientes sentados en las mesas antiguas no pudieran espiar las conversaciones de quienes se encontraban en las mesas contiguas.
Y en medio de aquel salón que impedía la visibilidad, una joven pasaba con pasos largos y ágiles, con su cabello trenzado color vino tinto ondeando de un lado a otro mientras se dirigía directamente a su destino: la sala VIP en la parte más recóndita del salón. Esa mujer no era otra que Scathach.
En la mayoría de las culturas civilizadas del mundo, se dice que la forma de caminar de una persona puede revelar todo lo que necesitas saber sobre ella, incluyendo cómo se siente en un momento dado. Por lo tanto, si tomáramos esa regla y la aplicáramos a la actual Scathach y su implacable forma de caminar, que haría que todos se apartaran de su camino si valoraran sus vidas, llegaríamos a una conclusión bastante obvia, ya que no era tan difícil adivinar qué tipo de emoción la tenía firmemente dominada desde hacía un tiempo.
En este preciso instante, Scathach estaba furiosa. Muy, muy furiosa.
Tuvo muchos discípulos a lo largo de su vida, y todos eran individuos únicos, pero había algo que todos y cada uno de ellos tenían en común: si se les pedía que la describieran cuando se enojaba, todos usarían una de las siguientes palabras: Demonio, Diablo, Señor Demonio, Mujer de Pesadillas, Cataclismo Andante, etc., etc., pero la verdad era que en tiempos de paz, era bastante tranquila y serena, y definitivamente no era alguien que pudiera decirse que tuviera mal genio, y definitivamente no era alguien a quien enojar con facilidad.
Pero allí estaba ella, avanzando a toda prisa mientras apartaba las nubes de humo púrpura, visiblemente agitada. Y probablemente habría continuado haciéndolo de no ser por la Señorita Uesugi, quien apareció aparentemente de la nada y la alcanzó a mitad del salón, tras haber corrido aparentemente desde el campo de entrenamiento en la terraza de los pisos superiores, como indicaba su respiración entrecortada.
—¡Dama Scathach! ¡Por favor, espere un momento!
—Vaya, vaya. ¿Si no es la Señorita Uesugi? ¿Qué sucede? ¿Tiene algún otro asunto que tratar conmigo?
—Sí, y me alegra haberla alcanzado tan rápido. ¡Menos mal que mi suposición de que iba a ir al mismo sitio al que yo quería ir resultó ser correcta!
—En efecto. Entonces, ¿de qué se trata esto?
—¿De verdad le parece bien? Me refiero a dejar a la señorita Ayato así.
—¿Y por qué no me parecería bien? Le dije todo lo que quería decirle, como una maestra a su discípula. Lo que sea que decida hacer con los consejos que le he dado, será su problema, no el mío.
—¿De verdad está segura de eso? Porque para alguien que cree tener la razón, parecía bastante enfadada antes. De hecho, parece seguir igual de enfadada ahora mismo.
Uesugi comentó con naturalidad cuando llegaron a la sala VIP reservada específicamente para el uso personal de la Reina de Halloween y sus sirvientes.
Fue la propia Uesugi quien dijo que era normal que los humanos tuvieran sus altibajos. Cuando sucede algo que no les gusta, tienen todo el derecho del mundo a enfadarse, y lo mismo se aplica a Scathach, que originalmente también era hija de un hombre. Precisamente por eso, Uesugi comprendió por qué quería desahogar toda la ira acumulada emborrachándose en completa soledad, pero su intuición le decía que no debía permitírselo, o al menos no antes de que Uesugi consiguiera lo que quería de ella, razón por la cual la persiguió en primer lugar.
Con un suspiro bastante profundo, Scathach se apoyó contra la puerta de la sala VIP con una expresión de fastidio reflejada en todo su rostro.
—Sea lo que sea que estés pensando, no te hagas una idea equivocada. No estoy enfadada por la derrota de Ayato en aquel combate de entrenamiento, ya que era inevitable si te tenía como compañera de entrenamiento.
—Oh, ¿en serio? Pero no, en serio... ¿No lo está? Porque desde luego no lo parecía. Cuando terminó, Ayato parecía a punto de llorar... Y para serle sincera, me da un poco de pena.
—Sí, no lo estoy, y no entiendo por qué se sorprende tanto. Al fin y al cabo, era un combate simulado, y el propósito de los combates simulados y las sesiones de entrenamiento en general es ver cuánto has mejorado y qué nuevas tácticas podrías intentar implementar en tu estilo de lucha. Perder en algo así no es motivo de vergüenza, sino una oportunidad para aprender y corregir los errores sin que le cueste la vida.
Esgrima, lancería, arquería... Puesto que Scathach conocía todas esas escuelas de lucha como la palma de su mano, estaba más que familiarizada con las dificultades de dominar el arte de luchar con espadas, lanzas y arcos, y también conocía las razones por las que los guerreros fracasaban en ello.
Sabía que debía estar enfadada con la Señorita Uesugi por regañarla así y hacerle preguntas innecesarias, pero por mucho que lo intentó, no pudo enfadarse con ella. Porque en el fondo sabía que la Señorita Uesugi tenía razón en una cosa: como maestra de Ayato, no debía involucrar sus sentimientos personales, su ira y su descontento, en el proceso de instruir a su discípula.
—Entonces, Dama Scathach... Podría ser que la razón por la que se enfadó con la señorita Ayato no sea porque su habilidad con las armas haya disminuido... ¿Sino más bien por su aparente falta de propósito? Es cierto que, durante nuestra batalla anterior, nunca sentí ninguna motivación en sus golpes cuando nuestras espadas chocaban... Pero, ¿realmente era tan grandiosa su antigua yo, la que vivió aquí en el Pequeño Jardín? ¿Y qué fue lo que dijo en el campo de entrenamiento? ¿Que estaba obsesionada con la reencarnación para poder vivir en el Mundo Exterior?
—Así es. Después de todo, la envidia de la vida es un fenómeno propio de los muertos que los vivos jamás podrán comprender. Pero precisamente porque logró su objetivo y comenzó su nueva vida en el mundo de los vivos como Kudou Ayato, era inevitable que, con el paso de los años, se distanciara cada vez más del campo de batalla y de su sangriento estilo de vida.
......... ¿Eh?
—Ejem, ¿Dama Scathach? Si se da cuenta de eso, entonces, ¿qué demonios la ha enfadado tanto?
—¿Hmm? Su falta de propósito... ¿Tal vez?
—Pero usted mismo lo dijo, que este tipo de cosas son inevitables dadas sus circunstancias... ¿Se equivocó al decir eso?
Ah, ya veo...
Scathach negó con la cabeza ante el malentendido de Uesugi, que casi le daban ganas de reír.
La Kudou Ayato que Scathach conoció, la predecesora de la actual Kudou Ayato... Era una de las gemelas, la que ni siquiera debería haber nacido. Se desconocía si la causa de su muerte fue un aborto espontáneo o si tal vez su madre decidió matarla por algún otro motivo, pero era un hecho indiscutible que estaba destinada a morir siendo una bebé.
Por eso nadie tenía derecho a culparla por desear con tanta desesperación obtener la oportunidad de experimentar finalmente aquello que nunca se le permitió tener, hasta el punto de estar dispuesta a enfrentarse al resto del mundo. Precisamente por eso sería injusto criticar a la encarnación actual de Ayato por no tener la misma pasión y determinación, a pesar de tener la misma alma que su predecesora. Porque, al parecer, la actual Kudou Ayato...
—Para ser sincera, esta chica está demasiado feliz ahora mismo.
—¿Demasiado feliz? Perdóneme, Dama Scathach, pero no estoy segura de que la entiendo.
—Permítame explicarme mejor. Al decir que está demasiado feliz, quise decir que está satisfecha con su vida actual. Tiene una familia que la quiere y amigos leales que la ayudan siempre que se encuentra en apuros. Para alguien como ella, que ha alcanzado la felicidad que la mayoría de los humanos anhelan, esta Segunda Guerra por la Autoridad del Sol no tiene sentido, porque no hay nada que pueda ganar participando en ella. Es inevitable que alguien que ya tiene una vida perfecta no encuentre sentido en la batalla que se libra en este Gran Juego de Dones. En ese caso, ¿no sería cruel de mi parte hacerla arriesgar la inocencia que tanto le costó conseguir solo para ver hasta dónde puede llegar en esta guerra? Es decir, si lo piensa bien, como maestra, la felicidad de mis discípulos debería alegrarme tanto como a ellos, ¿no cree?
La mirada severa de Scathach se suavizó considerablemente cuando tomó un breve respiro. “... Perderás todo lo que aprecias”. Esa fue la advertencia que le dio a Ayato justo antes de abandonar el campo de entrenamiento. Una advertencia de que si seguía viviendo como lo hacía ahora, algún día perdería toda la felicidad que daba por sentada. Finalmente, al comprender la situación, Uesugi no pudo ocultar su diversión al descubrir cuán sorprendentemente inocente era la Señora del Tierra de las Sombras en el fondo de su corazón.
—¡Fufu, fufufu~~!!! ¿Qué demonios? ¿Así que de eso se trataba todo este tiempo? Ah, parece que me preocupé sin motivo. Parece que, y puede negarlo todo lo que quiera, pero prácticamente lo ha admitido usted misma, ¡está tan preocupada por su nueva y querida discípula que no puede manejarlo!
—¿Eh? ............ ¡¡¡¿EEEEEEEEHHHHHH?!!!
“¡¡¡¿EEEEEEEEHHHHHH?!!!” Así que, ¿así es como realmente escogió reaccionar? Que alguien como Scathach muestre una reacción tan linda y pura era bastante inesperado, pero al mismo tiempo probaba algo: que ella misma no sabía cuál era la verdadera fuente de su enojo. Pero ahora que alguien se lo explicó, en una forma bastante directa, y la sorpresa inicial pasó, intentó recomponerse y analizar con calma lo que acababa de escuchar... Solo para terminar viéndose como un animalito lindo y confundido mientras murmuraba para sí misma:
—¿E-Eh? ¿Qué? P-Pero... Ah, s-sí, pensándolo desde esa perspectiva, tiene que ser eso. Ya veo, ¡ahora todo tiene sentido!
—Sí, efectivamente. Ya era hora de que se diera cuenta de algo tan simple, ¿eh?
—¡P-Pero, espera! ¿Cómo puede ser eso posible si esa chica no es especial para mí en absoluto? ¡No, lo digo en serio!
Sin embargo, Scathach seguía intentando negar algo tan obvio que intentar ocultarlo ahora parecía un esfuerzo inútil. Por un momento, Uesugi consideró si debía empezar a llamarla, Maestra Tsundere de ahora en adelante, pero teniendo en cuenta las posibles consecuencias de esa acción, decidió no hacerlo.
Finalmente, tras terminar su pequeño arrebato, Scathach tosió varias veces para aclararse la garganta y luego declaró, más para sí misma que para nadie en particular:
—B-Bueno, mentiría si dijera que no me preocupa. ¡Pero no te hagas una idea equivocada! ¡Sigo sin pensar que sea especial en absoluto! P-Pero ahora que lo pienso… Todas mis discípulas terminaron siendo solteronas, incapaces de encontrar pareja y tener una vida amorosa plena… Y todos mis discípulos murieron prematuramente antes de alcanzar la plenitud de su juventud… ¿Eh? Un momento… ¿P-podría ser que en realidad soy una mala maestra y mentora?
—Dama Scathach, por favor, cálmese. Me equivoqué, ¿de acuerdo? Yo fui quien se equivocó, así que dejemos este tema de una vez, ¿de acuerdo?
Era extremadamente raro ver a Scathach con pensamientos tan autodestructivos. Incluso aquellos que decían ser sus buenos amigos se quedarían boquiabiertos si la vieran así, por lo que era bueno que la Reina de Halloween no estuviera presente en el salón “Humo Púrpura”. Si la viera en semejante estado, probablemente la acosaría y le haría todo tipo de atrocidades.
Scathach quería hacer exactamente lo contrario de lo que Uesugi sugería: quería seguir investigando el asunto, pero por suerte, la voz de Kuro Usagi la detuvo, resonando de repente por todo el Tren Espiritual Gigante.
¡Por fin ha llegado el momento! La primera fase oficial de la Segunda Guerra por la Autoridad del Sol está a punto de comenzar, ¡ya que pronto llegaremos al Continente Perdido de la Atlántida! Por lo tanto, se solicita a todos los Jugadores participantes y a las partes relacionadas con ellos que preparen sus documentos contractuales.
—Ah, así que la Dama Kuro Usagi es la responsable de hacer los anuncios esta vez, ¿eh?
—Ah, sí, ahora recuerdo que hoy se suponía que era el día de llegada a Atlantis. Espero que esos niños estén preparados para lo que les espera en el camino que tienen por delante.
—Entonces iré a comprobarlo. Lo siento, Dama Scathach, pero tendremos que continuar esta conversación en otro momento.
Buscando una buena excusa para no estar más en la sala VIP, Uesugi le dio la espalda a Scathach y se retiró rápidamente. Aparentemente, no cometió ningún error, pero las palabras de Uesugi hicieron que Scathach pensara que probablemente debería hacer algo para animar a Ayato a darlo todo en la Segunda Guerra por la Autoridad del Sol.
Sin saber qué podía hacer exactamente para lograrlo, Scathach decidió seguir a Uesugi hasta la Sala de Observación.
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